La subjetividad masculina

Hace un par de semanas escribía un artículo que llevaba por título “La mirada masculina” (por si te lo perdiste, lo puedes leer aquí: https://dialogosmasculinos.es/?p=486).

Y en este, a modo de segunda parte o continuación, intento avanzar desde el aparente marco teórico del que partíamos, hacia una práctica más cotidiana, a algo más tangible y cercano, que nos permita reconocernos en nuestro día a día, y para que, sobre todo, nos ayude a llevar a cabo esos cambios que son tan necesarios, de los que a veces parece, que (los hombres) aparentemente estamos tan perdidos.

Y aunque pueda parecer demasiado obvio partir de una definición de un diccionario para empezar a escribir un artículo, necesito hacerlo, para poder después aplicarlo de forma más concreta a donde más nos interesa.

“La subjetividad es el concepto por el cual se hace referencia a todo aquello que se expresa o manifiesta, involucrando la opinión y los sentimientos personales. Algo que es tratado de manera subjetiva va a implicar cuestiones que escapan de lo meramente teórico e involucra las vivencias propias de una persona”.

Hace pocas semanas, Beatriz Gimeno, directora del Instituto de la Mujer, en la inauguración de una jornada sobre educación en igualdad, pedía “cambiar la subjetividad masculina para erradicar la violencia de género”. Y añadía:

«Las mujeres hemos cambiado en poco tiempo, y mucho, y ellos no han cambiado tanto, han cambiado poco. Hasta que no cambien las subjetividades masculinas no habrá igualdad, entender esto es un cambio radical en el trabajo que tenemos que hacer».

Y todo este tema me trae a la memoria una pregunta que me hizo en su día una compañera y amiga, y que todavía hoy en día, no he conseguido resolver de manera convincente.

A ver si me echáis una mano.

Me preguntó si era capaz de imaginar cómo sería un mundo que fuera verdaderamente igualitario.

Y yo en principio, desde esa primera e impulsiva arrogancia masculina que parece que todo lo sabe y que es capaz de explicar cualquier cosa, busqué la manera de responderla rápidamente. Y no supe. Me quedé en blanco, poco menos que balbuceante.

Si, claro. Lo primero es preguntarse cómo fui capaz de no responder una pregunta tan aparentemente sencilla y fácil de responder.

Porque claro, ¿quién no es capaz de imaginarse un mundo igualitario dedicándose a “esto”?

El problema es que cuanto más pensaba la pregunta, más compleja se volvía la respuesta, y no es porque la pregunta en sí tuviera trampa, sino porque simple y llanamente era incapaz de imaginar algo que no me recordara eternamente a este mundo y a esta sociedad patriarcal, machista y androcentrista. Ni siquiera poniéndole más mujeres a todo lo que tengo a mi alrededor.

Y me explico.

Recuerdo que, en ese momento, me vino un ejemplo que recordaba de una conferencia que escuché hace tiempo de Susana Covas (volveré sobre ella un poquito más tarde), y que me sirvió para intentar salir del paso más o menos (spoiler: no lo conseguí).

Recuerdo poner el ejemplo de un partido de fútbol, quizás uno de los grandes paradigmas asociados social y culturalmente a la masculinidad, para intentar expresar qué cambios se podrían hacer en esta sociedad, para que pudiéramos llegar a ver un partido de fútbol que pudiera ser considerado como “igualitario” (y ver si ese resultado nos valdría después para trasladarlo a la sociedad actual).

Y esta fue la reflexión que me salió.

Imaginaros un partido de fútbol, tal y como lo hemos conocido hasta ahora.

Dos equipos de once jugadores. Más el árbitro principal, los dos asistentes de campo, los dos entrenadores, más los jugadores suplentes en cada banquillo. Todos ellos hombres.

Y ahora vamos a jugar, nunca mejor dicho, a ver cómo conseguimos transformar ese partido de fútbol patriarcal, androcéntrico y machista, en un partido de fútbol igualitario.

Lo primero parece evidente. Necesitamos incorporar a más mujeres. Lo haremos de manera paulatina, claro, para que nadie se nos asuste ni se nos enfade, no sea que nos dé por pensar que las mujeres están reclamando la mitad de todo lo que les corresponde y que, desde siempre, los hombres les hemos arrebatado.

Como lo que buscamos es una equiparación lo más inclusiva posible, vamos a apostar por hacer ambos equipos equilibrados, mixtos, incluso en todas las diferentes líneas de juego posibles (portería, defensa, centro del campo y delantera).

El problema es que ambos entrenadores siguen siendo hombres (y que no se nos olvide, que, hasta este preciso instante, ellos han sido los encargados de elegir a las diferentes jugadoras que se han ido incorporando a cada uno de los equipos), así que, en virtud de la consabida igualdad, necesitamos que al menos uno de los dos, sea una mujer.

Y yendo un poquito más lejos, de los tres o cuatro árbitros que hay (uno principal y dos asistentes secundarios, más el que controla fuera del campo, el VAR) puedo conseguir imaginar que uno, dos o incluso los cuatro (en algún partido puntual) puedan llegar a ser en algún momento, mujeres, porque me permitirá, además, encabezar el titular de la prensa oportuno que destaque los enormes avances que estamos consiguiendo en pro de la igualdad.

Dejando a un lado las evidentes piedras en el camino que nos vamos a ir encontrando (las mujeres ocuparán los puestos que históricamente les había correspondido, con la eterna sospecha masculina sobre su valía, mientras que los hombres que se vean desplazados del puesto que históricamente no les correspondía pero que aun así ocupaban, alimentarán su machismo y misoginia exponencialmente, a causa de los dividendos patriarcales arrebatados); llegué hasta donde mi imaginación (inevitablemente patriarcal, androcéntrica y machista) me permitió llegar, y aun así, lo único que conseguí es seguir viendo un maldito y puñetero partido de fútbol, que, en el mejor de los casos, contará con una presencia (mayor o menor, pero presencia y poco más, al fin y al cabo) de mujeres. Las intrusas.

Y seguirá siendo un deporte originalmente diseñado e ideado por hombres, inventado en el caso del fútbol desde hace siglo y medio (y en el caso del patriarcado, ya ni te cuento) y disfrutado históricamente por hombres, legislado por hombres (que son los que han diseñado las reglas del juego que permanecen casi inamovibles desde su creación), y cuyo poder (representado por la pelota con la que se juega) sigue estando en sus manos.

Yo pongo la pelota en el centro del terreno de juego, y yo te dejo jugar (si, igualito que en el patio de colegio).

Y la pregunta es si después de todo ese proceso, hemos sido capaces de cambiar tantas cosas como pretendíamos en un principio, o simplemente hemos conseguido solo incorporar un número indeterminado de mujeres a un modelo de sistema que sigue siendo endémicamente masculino (con todo el significado que le queramos incorporar a esa palabra).

Comparaba Miguel Lorente en su último libro “Autopsia al machismo”, el machismo de hoy en día, con el de la generación de nuestros padres, e incluso con el de nuestros abuelos.

“Nada tiene que ver el machismo ni los machistas de hoy con el machismo de hace 10, 50 o 100 años, sin embargo, en todo este tiempo los hombres han mantenido su posición de poder dentro de una cultura y una sociedad que les da la razón”

Y es cierto que sí, que inevitablemente se pueden apreciar un montón de cambios (que son más que evidentes), pero que el poder (y la razón o validación que lo sigue justificando), ya sabemos en manos de quién sigue estando.

Y ahí es cuando, te preguntas, si todos esos cambios que parecen tan evidentes e importantes son suficientes, o son simples concesiones de cara a la galería, para que lo principal, lo estructural, lo que está más oculto a las miradas (inclusive la subjetividad desde la que proyectamos esa mirada), siga permaneciendo inamovible.

No se trata de cambiar o modificar parcialmente algo que nos llevan reclamando las mujeres a través del feminismo desde hace ya bastante tiempo, y que sabemos que ya es insostenible socialmente. Ni de adaptar nuestra idea del mundo a lo que demandan estos nuevos tiempos.

No es una época de cambios, sino un cambio de época escuchaba también hace poco. Y eso es algo que todavía, está muy lejos de producirse.

Y si no lo ves claro, trata de hacerte la misma pregunta, con cualquier otra cosa. Y cuéntame a qué conclusión llegas.

Por ejemplo, ¿puede existir un porno feminista?

Pues independientemente de la respuesta o reflexión más o menos elaborada que a cada uno o una de nosotras se nos pueda ocurrir sobre el tema, a mí lo que me surge de primeras, es que, de existir un porno feminista, estoy convencido de que no se llamaría así.

Adjuntarle el adjetivo feminista a algo que es patriarcal en su invención original y primigenia no lo convierte automáticamente en feminista.

Para los hombres, ansiosos como estamos siempre de demostrar nuestro compromiso feminista, lo realmente feminista sería la creación de algo nuevo a cargo de las mujeres, que nosotros fuéramos capaces de comprar/consumir/usar/compartir sin ningún tipo de prejuicio, condicionamiento o interés adicional. Eso sí sería realmente feminista (por nuestra parte). Y si encima no caemos en la tentación de contarlo a los cuatro vientos, mejor que mejor.  

Pero no te molestes en intentar imaginarlo, porque ya lo podríamos estar haciendo y no queremos.

Decía Elena Ferrante (pseudónimo de la escritora italiana Ana Raja), en una entrevista hace poco publicada en La Vanguardia, que “los hombres que no leen nuestros libros nos niegan el don de la universalidad”.

Y es que cambiar la subjetividad en la que nos relacionamos es cambiar(nos) todo.

Es reflexionar sobre nuestra ubicación (uno de los grandes privilegios con los que contamos) en la pirámide patriarcal. No es lo mismo mirar hacia abajo que tratar de mirar hacia un lado. Ni la mirada es la misma, ni la intención con la que miras, tampoco.

Si de algo pecamos los hombres es que estamos siempre instalados en el yo continuo (o, mejor dicho, llamémosle directamente ego). Y desde el ego masculino no nos permitimos analizar nuestra subjetividad (porque eso implica mirar también hacia afuera y a nuestro alrededor con otra mirada).

Si nuestra mirada es siempre hacia dentro no nos estaremos enterando de lo que pasa ahí fuera. Ni de las consecuencias que tiene nuestra masculinidad en las demás. Porque no tendremos punto de comparación. Ni consideraremos nunca a la persona de enfrente como válida para aportar una subjetividad diferente a la mía.

A mí siempre me gusta mencionar a Fina Sanz, y su triple vertiente de análisis (lo individual, lo relacional y lo social). Si solo andamos inmersos en lo primero, y más como parece que estamos muchas veces actualmente los hombres, poco menos que en bucle, abrazando esas nuevas masculinidades tan inevitablemente cuestionadas, no estaremos haciendo más que perpetuar un trabajo personal en nuestro propio y único beneficio, sin transformar absolutamente nada de la realidad de nuestro alrededor.

Mencionaba antes a Susana Covas, y no quiero dejar de pasar la oportunidad de adjuntaros al final del artículo un enlace a una intervención suya en un curso/taller realizado en Nociones Comunes -Traficantes de Sueños-, que llevaba por título “¿Qué quieren las mujeres de las nuevas masculinidades?”; donde recomendaba encarecidamente “hurgar en la subjetividad”, en ese “entramado de esquemas internos (percepciones, sentimientos, ideas, todo eso que se nos va transmitiendo) sobre los que se van asentando los mandatos sociales”.

Entramado del que no siempre somos conscientes, más allá de que intelectualmente hayamos entendido el cambio que propone el feminismo, porque ese inconsciente, será machista y patriarcal, porque así fue construido.

Utilizaba también la metáfora o ejemplo del balón, por supuesto mucho mejor explicado, porque yo apenas supe quedarme en una versión mucho más superficial, para utilizarla de base para ilustrar el ejemplo que yo quería exponer en esa situación que relataba anteriormente.

Susana Covas iba (mucho) más allá todavía, porque establecía la comparación entre el balón y los jugadores de un deporte cualquiera, con la función (y valor) asignados por el patriarcado a mujeres y hombres.  El balón, entendido como el espacio que habilita el juego de los jugadores, como el rol asignado a las mujeres dentro del patriarcado y valorado en función de lo que les es asignado hacer (que es habilitar la vida de los demás). El balón (o las mujeres), según las reglas impuestas por el patriarcado (que para eso son los que han inventado el juego), iban a estar en todas las jugadas, iban por lo tanto a participar en el partido, pero nunca iban a tener juego propio.

La propuesta, difícil solamente de plantearla y de entenderla en toda su complejidad, ya no digamos de llevarla a cabo, iba encaminada a considerar que las mujeres dejaran de ser (u ocupar) el lugar del balón, de habilitar la vida de los demás, para convertirse en jugadoras.

Siguiendo con sus palabras, no estamos hablando de un cambio de costumbres, sino de un cambio de categorías existenciales, y eso es algo de lo que casi nunca parece que estamos hablando ni se nombra la suficiente.

Seguimos entendiendo erróneamente el género, como una diferenciación sexual de papeles/roles asignados tanto a mujeres y hombres a cargo del patriarcado, y la forma de revertirlo, como una especie de búsqueda de una balanza más o menos equilibrada, y no como lo que realmente es, un sistema de opresión y dominación de los unos sobre las otras que es imprescindible y necesario dejar de sostener.

Y a ver si con otro ejemplo, conseguimos seguir ahondando en esa subjetividad desde la que nos relacionamos con el mundo para seguir viendo un poco más allá.

Al otro lado del #MeToo no había nada (ni nadie).

A pesar del tsunami de cientos de miles de mensajes que recorrieron las redes sociales a lo largo y ancho del mundo, de denuncias de mujeres narrando casos de abusos sexuales y de violaciones en primera persona, al otro lado, no había nada.

“Si estoy rodeada de amigas violadas, lógicamente tengo que estarlo también de amigos violadores”

Virginie Despentes, autora de “Teoría King Kong”

La subjetividad masculina quedó apenas intacta porque desde el bando de los hombres con poner en entredicho la palabra de la mujer (como históricamente hemos venido haciendo) siempre ha sido suficiente. Aunque en este caso fueran millones las mujeres que clamaban al cielo.

Poco tembló el suelo de debajo de los pies de los hombres para el terremoto que se había ocasionado. Lo cual no hace sino refrendar la idea de lo bien cimentado que sigue estando el patriarcado, sobre todo, en nuestras mentes. En nuestra subjetividad.

Hace varios meses, una joven preguntaba a sus seguidoras en Instagram, qué harían si los hombres desaparecieran durante un día, y las respuestas fueron del estilo de: “ponerme ropa que me quiero poner sin miedo a que me digan nada por la calle”, “irme a la playa de noche sola a darme un paseíto”, “ir por la calle tranquila sin que me miren con cara de viejo verde”.

Y así, con todo.

Porque la subjetividad no es solo ese pensamiento que tenemos en nuestra cabeza, y del que parece que nadie se entera sino lo contamos.

La subjetividad, acaba teniendo su contrapartida en la realidad, y por supuesto, tiene sus consecuencias.

Si, ya sé que tú eres uno de esos hombres que no viola ni agrede a las mujeres. Al parecer todos lo somos, porque es lo primero que nos viene a la cabeza, para defendernos del ataque desproporcionado que sufrimos a manos de las mujeres cuando nos meten a todos en el mismo saco (aplica el grado de ironía o enfado que estimes oportuno al leer esas palabras).

El caso es que mientras nosotros invertimos el tiempo en pensar en cómo defendernos de este agravio comparativo, son ya un 57,3% las mujeres que a lo largo de su vida han sufrido algún tipo de violencia a manos de los hombres (datos de la última Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2019).

¿Y qué tiene que ver todo esto conmigo y con mi subjetividad, pensarás?

¿Alguna vez te has parado a pensar al lado de quien te sientas en el vagón del metro o en el autobús cuando tienes varias opciones o asientos vacíos entre los que elegir?

¿O por qué te pones en la cola del supermercado donde la persona que está en la caja es una cajera y no un cajero, aun incluso cuando seas consciente de que en esa cola vas a tardar más tiempo en ser atendido?

¿O por qué interpretas que el gesto de amabilidad de la mujer que te atiende en cualquier tienda es una sonrisa dedicada a idolatrar tu masculinidad para hacerte sentir mejor?

¿O por qué eliges el bar donde te tomas un café todas las mañanas, solo o acompañado por tus compañeros de curro, dependiendo de si la camarera es más o menos atractiva que la del bar que está más cerca de tu lugar de trabajo?

Y eso sin entrar a valorar tu comportamiento en la discoteca de turno y las tácticas que utilizas para acercarte a las mujeres.

¿Te das cuenta de la cantidad de micro comportamientos y actitudes machistas de los cuales sigues siendo partícipe a lo largo del día, y que están allí instalados y normalizados, en la cotidianeidad de tu subjetividad sin que apenas les prestes atención ni los cuestiones?

¿Alguna vez te has parado a pensar en cómo es tu mirada (y por extensión, tu trato) hacia las mujeres que no conoces, en la calle o en cualquier otro sitio, en cualquiera de sus vertientes (cosificadora, hipersexualizada, paternalista, condescendiente)?

¿Te has preguntado alguna vez por qué lo haces y, sobre todo, para qué?

Y, ahora que lo sabes, si es que no te lo habías preguntado antes, ¿qué estás dispuesto a hacer para cambiarla?

La subjetividad no viene delimitada (solo) por los elementos visibles y externos del terreno de juego (volviendo al ejemplo del campo de fútbol: la portería, el césped, la pintura del campo, el balón, etc.).

La subjetividad viene marcada, sobre todo, por lo que tú haces con esos elementos.

Bibliografía consultada:

“Gimeno pide cambiar subjetividad masculina para erradicar violencia de género”, publicado en EFE, el 16/12/2020.

https://www.efe.com/efe/espana/portada/gimeno-pide-cambiar-subjetividad-masculina-para-erradicar-violencia-de-genero/10010-4420381

“El hombre que mira”, artículo de Beatriz Gimeno publicado en Cuarto Poder el 08/11/2019.

El hombre que mira (cuartopoder.es)

“¿Qué quieren las mujeres de las nuevas masculinidades? Susana Covas en Curso de Traficantes de Sueños “Nos queremos vivas II”

¿Qué quieren las mujeres de las nuevas masculinidades? | Susana Covas – YouTube

“Una joven pregunta a sus seguidoras qué harían si los hombres desaparecieran solo un día y las respuestas dan ganas de llorar”

Una joven pregunta a sus seguidoras qué harían si los hombres desaparecieran solo un día y las respuestas dan ganas de llorar | El HuffPost (huffingtonpost.es)

Elena Ferrante: «Los hombres que no leen nuestros libros nos niegan el don de la universalidad»

Elena Ferrante: “Los hombres que no leen nuestros libros nos niegan el don de la universalidad” (lavanguardia.com)

Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2019

Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2019 – Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género (igualdad.gob.es)

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