¿Me dejáis que os cuente una historia? (sobre la polémica por la Ley Trans)

Se que no hay un tema que actualmente ocupe y preocupe tanto (aparte de, obviamente, el aumento en la incidencia de los asesinatos por violencia de género que se está produciendo los últimos días en el estado español) en el movimiento feminista, como el asunto de la Ley Trans que está a punto de aprobarse a instancias del Congreso, pese a los múltiples retrasos, tardanzas y reparos que viene suscitando desde hace meses, debido fundamentalmente (entre otras muchas cosas) a las desavenencias y diferencias de criterio, entre los dos partidos políticos que cogobiernan actualmente el estado español, frente a la llamada autodeterminación de género.

No me corresponde a mí entrar en debate sobre un tema del que se me escapan las múltiples ramificaciones que conlleva y que se están poniendo sobre la mesa en las últimas semanas/meses, y para las cuales no tengo una respuesta lo suficientemente meditada y clarividente (lo siento, no soy un experto en el tema, por mucho que lea e intente comprender las diferentes posturas), que pueda ayudar a la actual desavenencia y confrontamiento entre las personas partidarias de una ley como esta y de las que se postulan totalmente en contra.

Simplemente, repito, desde mi más que humilde experiencia, quería aportar un testimonio sencillamente experiencial/vivencial, por si sirviera de algo o pudiera ayudar a alguien a seguir reflexionando sobre un tema tan trascendental como este (al menos para un cierto e importante número de personas que conforman nuestra sociedad), lejos de la visceralidad que nos ocupa y que no deja de inundar las redes sociales.

A mí me ha servido, al menos, para tomar una decisión, consistente en apoyar una ley que considero necesaria e imprescindible, y que espero, saber explicar por qué en las siguientes palabras que completan este texto.

Siempre me pregunto, ante ocasiones como esta, si los hombres deberíamos opinar sobre asuntos que competen (y de qué manera) fundamentalmente al feminismo (por las consecuencias que una ley como esta pueda tener en determinados ámbitos que competen sobre todo a las mujeres), o si lo que deberíamos hacer por otra parte, es simplemente callarnos, escuchar y aprender, que es lo que nos toca desde ya hace tiempo y que seguimos sin hacer tal y como deberíamos (y nos siguen reclamando desde el movimiento feminista).

Por otra parte, también pienso en el inevitable privilegio masculino, privilegio que a veces se puede tornar en mayor, guardando un “discreto” silencio sobre temas de indudable importancia y calado en la actualidad social, que posicionándose de una manera clara en uno u otro bando.

Y creo que, sinceramente, ante un tema como este, es un privilegio mayor mantenerse en silencio, que posicionarse claramente (con las consecuencias que eso conlleve), en una u otra postura (lo menciono por la cantidad de hombres igualitarios a los que no veo ninguna intención de posicionarse y en cambio tratar de permanecer “de perfil” en la foto, como si quisieran evitar “mojarse” en un tema del que es imposible actualmente escapar, por todo lo que ello conlleva dentro del feminismo).

Dicho esto, no me deja de venir a la memoria una y otra vez, el escueto contacto personal (en primera persona) que tuve yo hace pocos meses con una mujer trans.

Recuerdo, independientemente de los nueve meses que duró un curso con el que compartí aula con esta mujer, verla compartir el baño de mujeres sin que hubiera ningún tipo de problema con las compañeras del curso, muchas de las cuales, procedían de posicionamientos políticos de todos los colores y procedencias (sí, incluso hasta de la más rancia extrema derecha).

Recuerdo, con la misma intensidad, ese primer día de curso, en donde (siendo amables, porque fue bastante más desagradable que la forma en la que lo relato) se la puso pringrando (por parte de la supervisora del curso) por querer utilizar el nombre con el que le hubiera gustado ser mencionada, en vez del nombre con el que aparecía (todavía) en su tarjeta de residencia (sí, esta mujer era migrante, y no tenía al alcance de su mano, la facilidad e inmediatez de personarse en el Registro Civil para cambiar su nombre en el documento de identidad).

Recuerdo escuchar, al menos pronunciada seis o siete veces en boca de la supervisora del curso en apenas quince o veinte minutos, mencionar de muy malas maneras, la palabra capricho, como si de un antojo particular o individual por llevar la contraria de esta persona, frente a lo que el papelito de marras (un insoportable informe de asistencia a clase que había que firmar a diario) quería imponer por parte de las autoridades responsables del curso en cuestión (la Comunidad de Madrid y demás organizaciones que financiaban el certificado de profesionalidad en el que estábamos inmersos/as).

Y ahí estábamos quince personas (y la profesora) del curso, sin saber cómo reaccionar ante esta situación tan desagradable que se prolongó desde luego, mucho más tiempo del que nos hubiera gustado presenciar.

Recuerdo también después de esta primera sesión de clase tan desafortunada, llegar a casa y buscar (e imprimir) la Ley de la Comunidad de Madrid (Ley 2/2016, de 29 de marzo, de Identidad y Expresión de Género e Igualdad Social y no Discriminación de la Comunidad de Madrid) para leer y releer este artículo séptimo:

Artículo 7. Documentación administrativa.

1. Las Administraciones Públicas de la Comunidad de Madrid, en el ámbito de sus competencias, deberán adoptar todas las medidas administrativas y de cualquier otra índole que sean necesarias a fin de asegurar que en todos y cada uno de los casos y procedimientos en los que participe la Comunidad, se obrará teniendo en cuenta que las personas deben ser tratadas de acuerdo con su identidad de género, la que se corresponde con el sexo al que sienten pertenecer, así como que se respetará la dignidad y privacidad de la persona concernida y la heterogeneidad del hecho familiar..

Y recuerdo, casualidades de la vida, como esta mujer, vio reconocido su derecho legítimo a firmar con la identidad con la que se sentía identificada, apenas el último día de clase de un curso tan largo.

Es decir, que durante los nueve largos e interminables meses que duró el curso, día tras día, tenía que firmar con un nombre, que no correspondía con el sentimiento de la persona que realmente firmaba ese maldito documento.

Y seguramente, muchas de las personas que ahora mismo me lean, se pregunten para qué estoy contando todo esto, o hasta donde quiero llegar.

Bueno, pues es relativamente sencillo.

Durante estos nueve meses donde yo compartí aula con esta mujer, NUNCA tuve la necesidad de averiguar qué es lo que esta persona “escondía” (perdón por utilizar esta palabra tan poco afortunada para el relato que estoy intentando formular, al menos desde la seriedad que me suscita este tema de vital importancia para muchas personas) bajo sus pantalones o su falda.

Es decir, qué genitales todavía su cuerpo portaba.

Dicho de otra manera, para mí, la forma en que yo la trataba de tú a tú a esa persona era obviamente, la de una mujer, independientemente de si hubiera culminado (o no) su tránsito con una operación de cambio/extirpación de genitales.

Es más, por las pocas conversaciones que pudimos compartir de forma individual y en grupo con esta persona, donde nos explicó muchas de las peculiaridades de su (interminable) proceso (al menos en cuanto respecto a las tareas del ámbito administrativo de los famosos “papeles”), se me antoja difícilmente inimaginable una situación tan injusta, alargada en exceso e interminable administrativamente en donde a una persona se la someta a un proceso tan violento y caprichoso como el que nos ocupa por parte de las autoridades públicas que deberían, cuanto menos, protegerla de este tipo de agresiones.

Dicho y formulado todo esto, e independientemente de que siga creyendo (por si hubiera alguna duda) que el sujeto central del feminismo sigue siendo la MUJER, (buena prueba de ello son los casi tres siglos de existencia, teoría y agenda que acumula el movimiento a sus espaldas), no puedo dejar de pensar de que el verdadero enemigo a combatir es el PATRIARCADO.

Y al patriarcado, me gusta compararlo con las patas de una mesa.

Machismo, sexismo, homofobia, transfobia, racismo, capacitismo, clasismo…

Y un largo etcétera.

Son numerosas las “patas” que sostienen al patriarcado, y a mí, (iluso de mí, quizás habría que añadir), me gusta pensar, aún a sabiendas de que el feminismo no es un paraguas que tenga que acoger todas las luchas sean cuales sean su procedencia, que NADIE SE VA A QUEDAR ATRÁS en esta lucha que nos ocupa y que nos preocupa en este día a día cotidiano.

Desconozco si eso me hará más feminista o menos feminista.

No soy yo quien tendrá que calibrar o evaluar eso.

Pero sí espero que, sin lugar a duda, al menos me haga más antipatriarcal e igualitario.

Y sobre todo, honesto con cualquier tipo de lucha que considere legítima.

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