ANDRO-ÉTICA: LO QUE OCURRE CUANDO AL OTRO LADO NO HAY NADIE

No voy a engolar con impostada erudición este texto. Primero, porque no sé y, segundo, porque mi intención es dirigirme a los hombres, socializados masculinos como yo, hegemónicos o diversos, y lo que menos pretendo es excitar su hemisferio izquierdo. Más bien, al contrario, mi vocación es tratar de provocar el deseado y repentino “darnos cuenta”, ese valioso insight que se produce en las tripas cuando algo o alguien enfoca tu propia existencia desde un ángulo distinto al que habitualmente has usado para contemplarte (a ti y a tu propia biografía). Pero vaya por delante que no traigo magia ni sorpresa que arrogarme, ese enfoque distinto no es otro que la perspectiva de sexo-género (auto)aplicada ahora sobre nuestra supuesta ética masculina.

Pero vamos a intentarlo, a ver qué ocurre:

Empecemos por escribir aquí este popular mantra ético: “Tú puedes hacer lo que quieras, mientras no perjudiques a nadie”. Esta máxima, expresada en sencillo código divulgativo, podría resumir una postura ética razonable. Decir “puedes hacer lo que te dé la gana mientras con ello no le hagas daño a nadie” se antoja como un adecuado principio ético de vida en relación, en sociedad.

Me dispongo a problematizar esta aparente zona de confort ético cuando quien se siente confortable en ella es un hombre, un socializado masculino, como tú o como yo, por ejemplo. Considero que hay un oculto problema para los hombres en esta concepción de lo correcto, problema escondido tras el significado de dos de los significantes de esta frase. Uno es el término daño (perjuicio) y el otro es el término nadie (o su complementario alguien).

Sobre el primero, el término daño, considero imprescindible preguntarse cuál es el criterio para saber si una conducta masculina produce daño o no.

Y sobre la segunda palabra, el término nadie, la pregunta introspectiva sería explorar honestamente quién considera nuestra socialización masculina que es nadie y a quién reserva la cualidad de alguien (sí, he escrito honestamente).

Porque me temo que la combinación de estos dos significantes pilotados por la subjetividad de un hombre que anda por la vida puesto hasta las cejas de machismo y de misoginia puede convertirse en un conjunto de conductas aparentemente percibidas por él como inocuas, cuando en realidad son conductas éticamente inadmisibles.

Y éste es el objeto de esta reflexión: sobre como la ética, en manos masculinas, en lo que se refiere a las mujeres, podría ser una falsa ética.

Veamos algunos ejemplos sobre lo que pretendo reflexionar:

Cuando un hombre caminando por la calle se cruza con una mujer y la increpa aludiendo a su físico, él no considera que esté haciendo daño alguno, pero es que, además, probablemente él no vea a nadie salvo un cuerpo en movimiento. Porque el término alguien solo tiene sentido entre iguales, entre pares, entre ciudadanos de pleno derecho. Y ellas no son ese alguien. Por eso, cuando mi consideración es que “eso” que pasa por ahí, no es nadie, no estoy incumpliendo la máxima ética. No le estoy haciendo daño a nadie porque ahí estoy yo solo, no hay nadie más. Ahí no hay nadie. Nadie.

Segundo ejemplo ilustrativo: ella tampoco es alguien cuando un hombre entra a un prostíbulo a comprar un cuerpo a cambio de dinero, a comprar orificios a cambio de dinero. Él no está haciendo daño a nadie, no perjudica a nadie, porque en el acto prostituyente, salvo él, ahí no hay nadie. El único alguien que hay en esa habitación o en ese oscuro rincón pestilente en la calle o en el interior de su vehículo aparcado al lado de esa rotonda es él. Ahí no hay nadie más. Nadie.

Tercero: Cuando un hombre llega a su casa frustrado porque la vida le trata mal y descarga toda su agresividad con su pareja y entonces la ningunea o la veja, la insulta, da una hostia en la mesa o la empuja contra la pared, él no está haciendo daño a nadie porque allí no hay nadie. Porque en su casa no hay nadie salvo él. Él no ve a nadie más allí. Los únicos alguien que él conoce son su jefe, sus compañeros de trabajo, su cuadrilla de amigos. Ella, su pareja mujer, no es nadie. Nadie.

Podría traer aquí cientos, miles de ejemplos más, incluso el de ese empresario que despide a una mujer porque sabe o sospecha que está embarazada. En ese despido no hay daño alguno, porque ella vuelve a ser nadie. Nadie.

Invito a todos los socializados masculinos, no importa si nuestra socialización ha sido hegemónica o diversa, a reflexionar profundamente sobre nuestro supuesto equilibrio ético y sobre la (auto)percepción que tenemos alrededor de la bondad de nuestras conductas.

Nuestra socialización masculina se entrevera sin excepción de machismo y misoginia y nos hace creer que nunca hacemos daño porque “eso” para nosotros, según nuestro criterio masculino androcéntrico, no es dolo ni perjuicio. Y, sobre todo, porque, en el fondo, las mujeres que padecen nuestras conductas no son nadie. Es decir, no las consideramos como alguien.

Yo revisaría profundamente nuestra andro-ética para poder aceptar sin resistencias la interpelación feminista. Ellas nos dicen con sabiduría y rotundidad que “eso” si es daño y, sobre todo, que ellas son alguien.

Este es un ejercicio introspectivo de repaso a nuestra ética, teniendo en cuenta que estamos socializados en una masculinidad que no ve a las mujeres, al menos no como personas completas, no como ciudadanas de pleno derecho. Una socialización basada en un criterio especialmente tibio y acomodaticio del concepto de daño y de perjuicio, cuando las perjudicadas son ellas.

Para acabar, nos recuerdo que una de las peores cosas que se nos puede decir a un hombre es el conocido “eres un don nadie”. Pero, fijaros, queridos compañeros de una misma socialización, como esa expresión sólo tiene sentido en los hombres. Ese “don nadie” no tiene sentido en ellas. ¿Sabéis por qué? Porque ellas siempre ya son nadie para nosotros. Siempre. Nadie.

Quizás esta reflexión nos ayude también a comprender por qué últimamente, con la que está cayendo, algunos, pocos o muchos hombres no perciben el riesgo cierto de borrado de las mujeres ni el enorme perjuicio para ellas.

Quizás porque para ellos no haya nadie a quien borrar.

Quizás porque para ellos ahí no haya nadie.

Nadie.

Justo Fernández López.

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Más reflexiones (auto)críticas con agenda radical sobre la Masculinidad: «ONVRES. Reflexiones sobre la Masculinidad» (Justo Fernández, Anaya, Marzo 2021): https://www.oberonlibros.com/libro/onvres-reflexiones-sobre-la-masculinidad-9788441543584/

Una mirada (auto)crítica con agenda radical abolicionista sobre la Masculinidad en todas sus formas, vista desde dentro, en lo personal, social y político.

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